Del asilo a pagar las facturas

“Han pasado del banco a la residencia y del asilo a pagar las facturas”

Familias mantenidas por personas mayores que estiran su pensión para que no falte de nada. Muchas de esas personas, años antes y por diferentes motivos, fueron llevados a una residencia. Pero desde que empezó la crisis económica ha aparecido un nuevo fenómeno: antes los mayores iban de sus casas a los geriátricos y ahora salen de los asilos y vuelven a casa para evitar que sus hijos pierdan lo que tienen. De momento, uno de cada diez ancianos ya ha emprendido ese camino de vuelta.

Por Roble Ramírez

Ilustración de Annalisa Palumbo

Hace no muchos años, las residencias tanto públicas como privadas se veían desbordadas por el gran número de solicitudes que recibían. Los abuelos molestaban en muchas ocasiones, en otras, los familiares se veían incapacitados para cuidarlos. La falta de tiempo. La excusa de que allí estarían mejor atendidos. Algunos, con más resignación que otros, metían sus vidas en una maleta sin hacer mucho ruido y pasaban de ver a sus familiares todos los días a verlos, con suerte, algún que otro fin de semana. Había historias que hacían cundir el pánico entre los que veían que cada vez estaban más torpones. Otros preferían no tener que molestar, como si ellos no hubieran pasado las noches en vela cuidando de sus hijos, esos hijos a los que entonces no les podían pedir un poco de comprensión. Si los abuelos no podían cuidar de los nietos, mejor que otros cuidaran de ellos.

Montar una residencia era una acertadísima inversión. Tanto, que el número de residencias en España crecía a un ritmo vertiginoso. Aumentaba hasta que llegó la crisis. Esa crisis financiera que parece estar sacando lo mejor de la gente. En crisis las personas son más solidarias, comparten, piden para los demás, se hacen voluntarios. En crisis, las familias se unen. Ya no molestan los abuelos, ya no hay amenaza de que vayan a ir a la residencia. De hecho, casi 300.000 jubilados mantienen en la actualidad a sus familias. Ahora, para muchos que ya metieron su vida en una maleta y que se habían adaptado mejor o peor al geriátrico, la amenaza es otra. Puede que las primeras semanas ansiaran que su familia volviera y les llevaran a casa. Puede que muchos sigan esperando esa vuelta al hogar y se beneficien de la actual situación. El caso es que muchos, uno de cada diez, están volviendo a casa. Puede que sus hijos se hayan dado cuenta de que nunca fueron una carga. Sea como fuere, los abuelos vuelven a casa y no solo por Navidad. Vuelven porque sus hijos, en muchos casos, no llegan a fin de mes.

Lo bueno y lo malo que tienen los padres es que, por lo general, siempre acaban perdonando a sus hijos. Un hijo puede equivocarse y tropezar las veces que sea con la misma piedra. Un hijo puede elegir cuando te quiere más y cuando te quiere menos. Cuando tienes razón y cuando no la tienes. Cuando le molestas y cuando le haces falta, una vez más, para sobrevivir. Muchos seguro que intentaron ser los mejores padres del mundo. Trabajaron para que a sus hijos no se les atragantara demasiado el futuro. Levantaron una casa de la nada y se vieron relegados a un segundo plano. Es posible que lo único positivo que se pueda sacar de la actual situación es que la gente está tomando conciencia de cosas que antes no se paraban a mirar. No se le daba importancia a la comida porque no se pasaba hambre. De la misma manera, muchos creyeron ser dueños de sus propias vidas y de las vidas de sus progenitores. Puede que muchos ancianos fueran a las residencias encantados y puede que muchos se vayan de ellas aún más encantados.

A lo mejor, en algunos años, las residencias pasan a ser el ‘premio’ por haber trabajado toda la vida. Incluso algunos podrían jubilarse y salir corriendo a apuntarse al geriátrico. Cualquier cosa antes que seguir manteniendo a sus hijos en paro. Pero seguramente la mayoría de ellos seguirá ahí. Tirarán del carro hasta que exhalen su último suspiro, porque saben que es lo que tienen que hacer. Porque, posiblemente, es lo que quieren hacer. Aunque a muchos les dejaran en las residencias, aunque algunos entraran y salieran sin saber ni siquiera dónde estaban. Aunque necesitaran cuidados que sus hijos no podían darles. Aunque a pesar de necesitar esos cuidados vuelvan a sus casas para que no falte un plato en la mesa. Aunque no les preguntaran si querían alejarse de ellos y ahora no les pregunten si quieren volver. Si son sus hijos y son sus nietos los que los necesitan, van a estar ahí. Como seguramente han estado siempre, aunque no se les viera. Han pasado del banco a la residencia y del asilo a pagar las facturas. Pero lo hacen porque sus familias ahora les necesitan. Familias a las que ellos, posiblemente, nunca hubieran dejado. Puede que la edad no perdone a los abuelos, pero ellos están demostrándole a un país entero que sí que son capaces de perdonar y, lo que es más importante, que para seguir hacia delante no se puede mirar atrás.

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