Maria, el motor de cuatro generaciones

Maria y Domingos en su salon, jugando a reconocer las figuritas con la nieta Arlett
Maria y Domingos en su salon, jugando a reconocer las figuritas con la nieta Arlett

Maria Glòria Trepat, 67 años, es el motor de su familia. Comparte su casa con su marido Domingos y tres generaciones más: la madre Mercè, la hija Glòria con el marido Xavier, y la nieta Arlett. Lleva a cabo las tareas domésticas y, al mismo tiempo, ejerce de madre, hija y abuela, cuidando de los suyos siempre con una sonrisa.

Por Annalisa Palumbo

Al sonar el timbre, al otro lado de la puerta se escucha un maullido y las risas de una niña que acompañan a la voz de una mujer. Es el primer signo de que en este sexto piso de la calle Marina conviven diferentes generaciones. En el umbral aparece una cara sonriente acompañada de otra pequeñita y rubia que no sobrepasa el metro de altura. Maria Glòria Trepat tiene 67 años y no puede dar ni un paso sin que su nieta Arlett, de 21 meses, le siga muy de cerca. Sin embargo, al entrar, otra cara de 94 años se asoma por la puerta. Toda arrugas, pelo blanco y bata azul. Se trata de Mercè, la madre de Maria.

Son tres de las cuatro mujeres que, de momento, conviven bajo este techo. Cuatro generaciones que tienen como motor a la misma Maria. Ella cuida de las necesidades de todos; es hija, madre y abuela al mismo tiempo. Ocho seres vivos, seis personas y dos gatos, son mucho trabajo, pero Maria cree que es mejor “vivir el día a día”.

A su lado está Domingos, portugués de nacimiento, aunque español de corazón. Desde que la conoció se vino a España para vivir con ella. Mientras cuenta su historia de amor, que comenzó con un ir y venir de cartas, Maria balancea a Berta, la muñeca de Arlett, en su falda. La misma falda que los ojos de la niña ven como una cuna. “Berta es una más de la familia – sonríe Maria – hay que hacerla dormir, comer e, incluso, hay que jugar con ella”.

Con la muñeca en la falda, Arlett pegada a las rodillas y los gatitos Nuno y Zezinho pidiendo caricias, Maria hace frente a sus quehaceres diarios sin perder la sonrisa. Tiene que atender a la comida de su madre (le encantan los “guisitos”), al almuerzo de Arlett, y a la comida sin sal de Domingos. También tiene que hacer la compra, limpiar la casa, tender la ropa y cuidar de su madre y su nieta; la bisabuela y la nieta a veces se burlan entre ellas como si fueran hermanitas.

“Prefiero hacer cualquier otra cosa que no sea cocinar. Hasta lavar los platos.”

A pesar de todo, Maria no se olvida de su marido. Cada mañana, el matrimonio cruza la calle para desayunar en la cafetería de enfrente.

“Media horita para nosotros solos, para hablar de nuestras cosas, para estar juntos”. Los dos son jubilados. Mientras Maria trabajó durante 44 años como secretaria en un colegio, Domingo atendía la recepción de un hotel. Aunque trabajaron duro, siempre procuraron dedicar el máximo tiempo posible a sus tres hijas: Fàtima, Glòria y Mercè.

Glòria vive en Sants, aunque ahora está de obras en casa. Junto con su marido Xavier, Arlett y los dos gatitos, no han tenido más remedio que instalarse temporalmente en casa de Maria. “Se han venido todos de ‘okupas‘ y aquí estamos, ocho en un piso de setenta metros cuadrados”. Durante el día, la casa está más tranquila: la bisabuela Mercè desayuna mientras Arlett juega con el abuelo y Maria hace mil cosas a la vez. Glòria es maestra y Xavier es camarero. Toda la familia se junta por la tarde, sobre las seis, para pasar lo que queda del día disfrutando de la compañía.

Pero la vida de Maria no fue siempre así. De pequeña soñaba con ser relojera: “siempre me ha encantado montar y desmontar cosas. Pero claro, la vida da muchas vueltas, y aquí estoy”. Empezó a trabajar a los 16 años, y en los ratos libres viajaba con su madre y su hermano. Ahora echa de menos poder ir a nuevos lugares, preparar las maletas y salir al encuentro de sitios desconocidos. “No puedo dejar a mi madre. Esto es un trabajo que no tiene vacaciones”.

Se trata, ciertamente, de un trabajo, sin descanso ni horarios. Domingos la ayuda en todo: hacen la compra, limpian, y Arlett está completamente enamorada de su abuelo. Con solo oír su voz, sus ojos comienzan a dar vueltas y, cuando Domingos entra en la habitación, la sonrisa casi no le cabe en la cara. Los abuelos se han convertido para Arlett en compañeros de juego: no hay muñeco que Domingos no conozca por su nombre y Maria la lleva a clases de música. “Hay que ver con 21 meses cómo reconoce los instrumentos, cómo disfruta. Y yo con ella”.

Desde que Glòria y Xavier empezaron con las obras en su casa, Maria ha dejado en un rincón el ganchillo. Aunque le guste mucho, ahora es imposible: “Siempre hay algo que hacer, y ahora mismo hay que dar prioridad a las personas”.

De eso va ahora la vida de Maria. Cocina aunque no le guste y a veces desea con muchas ganas tener un ratito para estar sola. Pero no echa en falta nada especial. Se conforma con poder disfrutar de su familia y, aunque sea un trabajo constante, no se queja de nada: “Aquí compartimos. Desde siempre”.

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