Vidas cruzadas

Ángela y Juan hablan de como se conocieron

Juan es un hombre que vive solo pero necesita ayuda para hacer algunas cosas. Ángela es la mujer que está ahí para ayudarlo y facilitarle la vida. Empezó siendo la mujer que limpiaba su casa, y hoy ha terminado siendo como su hija. Ésta es la historia de cómo dos vidas muy diferentes han acabado uniéndose, de cómo, a pesar de la sangre, dos personas pueden ser familia.

Por María Rosa Verdejo Jiménez

Fotos de Annalisa Palumbo y Monica Pelliccia

Suena una ligera canción cada quince minutos. El reloj dorado que está colgado en la pared de la pequeña sala de estar marca los cuartos. Dicta el tiempo que pasa Juan Martínez sentado frente al televisor, a la espera de esa visita diaria que llena de ilusión sus días. Ángela Miguez sale todas las tardes de su casa acompañada de Duende, su chihuahua. Juntas caminan tan sólo cinco minutos, la distancia que les separa de la casa de Juan. Él espera en una silla de la habitación en la que pasa la mayor parte de su vida. Una habitación pequeña pero acogedora en la que lo tiene todo a mano gracias a ella, que se esfuerza para que todo esté en su sitio, en el lugar más accesible. Después de un largo día de trabajo, Ángela llega a casa de Juan. Le hace compañía, lo atiende y le deja en la nevera la comida para el día siguiente. Juan se levanta, mete su desayuno en el bolsillo de la camisa y camina con el bastón hasta la sala de estar. Allí pasará el resto del día esperando a que vuelva Ángela. La persona que le hace la vida más fácil. La persona que ya es, sin lugar a dudas, parte de su familia.

Ángela llegó a Barcelona con tan sólo 21 años, acompañada de su hijo de cuatro. Viajó desde Galicia, su tierra natal, para buscarse la vida. Tarea que no le era desconocida. Con la temprana edad de nueve años ya estaba a cargo de un negocio, y con 14 empezó a trabajar en una fábrica de conservas. Se crió con sus abuelos hasta cumplir los siete, y tuvo que madurar de golpe para ayudar a criar a sus dos hermanos. Por eso, según dice ella, su pronta maternidad no le pilló de nuevas. “Mis padres fueron muy duros y estrictos conmigo, pero se lo agradezco. Gracias a ellos soy lo que soy ahora. Una mujer independiente”.  Hoy es madre de tres hijos a los que ha tenido que criar sola. A esta luchadora nata, después de trabajar ocho horas diarias, también le tocaba estudiar. Se ponía con sus dos hijas pequeñas todas las tardes a hacer los deberes. Trasnochaba preguntándole la lección a una y madrugaba al día siguiente para preguntársela a la otra. Con 53 años sigue pluriempleada para mantener a su familia. Sigue teniendo que compaginar varios trabajos como hacía antes. Cuando además de cuidar a una señora mayor, limpiaba las escaleras del edificio en el que vive Juan. Escaleras donde se conocieron hace 16 años, y por las que ahora Ángela ayuda a bajar a su buen amigo.

Vidas cruzadas
Ángela en uno de los lugares en los que trabaja

Juan siempre tuvo una vida muy ligada al mar. Tras trabajar de pintor una corta temporada, comenzó como estibador en el puerto. Su pasión por el mar lo llevó a viajar por ciudades de toda España, incluso a comprarse un barco. Bucear era uno de sus mayores hobbies. Pero un accidente que le lesionó la cadera le hizo retirarse por invalidez. Fue así como cambió el pasar los días en el puerto a pasarlos en Sant Carles de la Ràpita, donde tiene una casa y a donde le encanta ir. Allí puede seguir disfrutando del mar, ese pueblo le da la vida. A sus 81 años “el señor Martínez sigue siendo un hombre de bandera, un hombre con mucho carácter”. Así define Ángela a Juan, con mucho cariño en sus palabras. Nacido en Barcelona y padre de cinco hijos, la suerte le ha sonreído a pesar de “haber pasado lo suyo”. Juan es un ejemplo de superación. Ha sabido sortear el duro oleaje que le ha traído la vida, ha sabido sobreponerse a él. Buena muestra de ello es su manera de hablar. De forma clara pronuncia palabras que antes le eran imposibles. Después de un cáncer que se llevó con él la mitad de su lengua, Juan ahora puede mantener una conversación. En parte gracias a Ángela, que le obligó a hacerse entender.

Desde que las secuelas de la quimioterapia y de la radioterapia hicieron que necesitara cierta ayuda, Juan es atendido por Ángela. Él quiere mantener su independencia cuanto sea posible, por eso vive solo en su casa. Pero Ángela no descarta que con el paso del tiempo vaya a vivir con ella, porque para ella “Juan es mi familia en Barcelona. Yo para él soy su hija, y él para mí es mi padre”. Esta peculiar familia nació hace ya 16 años, cuando Ángela empezó a limpiar en casa de Juan. La hija menor de Ángela cumplía 15 años y él la invitó junto a sus tres hijos a celebrarlo en Sant Carles de la Ràpita. Desde entonces vuelven todos los veranos y muchos fines de semana, para que Juan pueda volver a disfrutar del pueblo que tanto le gusta.

Dos botellas de agua, el teléfono y el mando de la tele son cosas imprescindibles en la mesa camilla de la sala de estar. Tampoco pueden faltar en la estantería, junto a Juan, sus medicinas y su caja de puros. Ángela se ocupa de dejarle bien anotado cómo y cuándo se tiene que tomar las pastillas. Ha ideado un sistema para que Juan pueda valerse por sí mismo en su ausencia. Cuando ella trabaja y él necesita algo, manda a sus hijos, que acuden encantados a ayudar al “abuelo de la familia”.

Juan ve la tele mientras el reloj suena. Es la hora. Se escuchan las llaves, Duende ladra, la puerta se abre. Y entra ella. Dispuesta como cada día a pasar la tarde haciéndole compañía. Es el momento que él lleva esperando desde que se levantó esta mañana. El instante en el que aparece su familia, ese momento en el que llega ella, Ángela.

Medicinas y papeles
Etiquetas que Ángela pone para que Juan se acuerde de tomar las medicinas

 

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